El poder de las palabras.

Con el título propuesto para esta entrada El poder de las palabras, se me antoja difícil continuar con el desarrollo tanto de la introducción, así como posteriormente de la conclusión, ya que la misma es una afirmación categórica que habla por sí misma. Sólo acotar en este comienzo, que será centrada de cómo las palabras y su uso, a un nivel psicológico, afectan sobre el comportamiento de uno mismo. Comencemos…

Ilustremos brevemente dicho poder, diga en voz alta «elefante rosa», prácticamente por el mero hecho de haber visto las palabras escritas, o haberlas escuchado o verbalizado, la imagen que esta representa, aunque de forma natural no se presente en la naturaleza, ha aparecido en su mente. De la misma forma que con esas palabras hemos creado algo que quizás ni hayamos visto nunca, podemos hacer algo más complejo, desplazarnos a través del tiempo conjugando formas verbales etc. Así con una simple construcción puedo decir que estuve en la playa o que iré a la montaña, siendo consciente yo, y todos cuantos me rodean, que en uno se trata de un recuerdo, y en el otro hago una declaración de intenciones de donde estaré en el futuro. Tan simple y tan complejo a la vez, y es que unas simples palabras tienen un poder inimaginable, quizás el lenguaje que tenemos ha podido ser el mayor hito evolutivo de nuestra especie.

Prácticamente la dinámica de todos mis post, para aquellos que me sigan desde el principio, cumplen un guión, que aunque no ha sido premeditado, a medida que los escribía era consciente de como se desarrollaba: Una introducción, un ejemplo de qué es lo que quiero decir, un punto en el cual se formulan las preguntas que lo podrían hacer patológico o desadaptativo para la conducta, unas reglas sencillas o una tendencia para la corrección o adaptabilidad del mismo, ya que suelo tener un enfoque terapéutico/psicoeducativo, seguido de una conclusión. Bien es momento de dar paso a la parte desadaptativa.

¿Cuántas veces hemos dicho o hemos escuchado la frase «no me va a dar tiempo»? ¿Y la frase «todo lo hago mal»? y ¿qué tal esta otra «eso es imposible»? Aquí podríamos poner un sinfín de ejemplos, en los que todos ellos tienen como punto en común la autolimitación que nos impone, el peso de cada una de esas sentencias que no dan posibilidad ninguna al logro, el tono de desánimo que llevan, y es que una formulación de esta manera en el uso de las palabras, hace que probabilicemos el fracaso (recomiendo leer algo sobre el efecto Pigmalión), o por contra bien formuladas el logro.

Pensemos que las personas tenemos un estilo, una tendencia, de tal forma que la persona que usa estas verbalizaciones de forma negativa, no lo hará en hechos puntuales, sino que las usará como estandarte, y estar una vida entera escuchando (de uno mismo) que no es capaz de hacer nada y que nada puede cambiar, hace que la losa que pongamos sobre nuestras espaldas sea de gran peso y nos sea difícil caminar, entorpeciendo alcanzar nuestras metas. Bien es el momento de cambiarlo, pero ¿cómo?.

En principio le animo a todo lector que identifique sus propias verbalizaciones, y que sea consciente del estilo que utiliza, y que en cuanto capte una de estas formulaciones desadaptativas las plasme en un papel, a continuación reformúlela por otra más adaptativa, léala cuantas veces sea necesario, y aplique esa corrección a diario, hasta que la nueva forma, forme parte de usted. Veamos un ejemplo: «Es imposible que apruebe el examen de matemáticas» podría pasar a «Aunque me resulte difícil, se que está dentro de mis posibilidades el aprobar el examen de matemáticas, quizás deba de dedicarle algo más de tiempo o buscar ayuda simplemente». En uno no había opción al éxito, para qué preocuparse por trabajar por el, mientras que en el segundo cabe la posibilidad, es más realista, y deja la puerta abierta para trabajar por el y alcanzar el objetivo. Haga esto de forma sistemática y empiece a cambiar su forma de expresarse, comience por sentencias sencillas sobre usted mismo, y vaya cambiándolas progresivamente también las que se refieran a terceras personas y al mundo que le rodea, verá como poco a poco cambia a mejor y hace que su vida sea un poco más agradable. Un último ejemplo «Mi jefe es un — siempre encima mía —» podría sustituirse si es el caso por «Mi jefe me ha vuelto a corregir una acción que parece no acorde con los principios de la empresa, se preocupa porque mejore y aprenda».

Esto no es más que la punta del iceberg, consulte por ejemplo algo sobre la técnica en autoinstrucciones, (el enlace está orientado para aplicarlos en niños, en adultos es similar), una técnica medianamente sencilla con la cual poder corregir a través de las palabras conductas desadaptativas, bien instaurando una nueva habilidad, bien corrigiendo una no deseada en el repertorio conductual de la persona. (Intentaré hablar de ella en un futuro post). Así como terapias o sistemas enteros basados en la palabra, véase programación neurolingüística o PNL.

La conclusión parece clara a estas alturas, el poder de las palabras es un hecho, es capaz de modificar nuestro mundo, de hacerlo más hostil o grato, y depende de nosotros cambiar nuestro estilo de lenguaje para hacerlo más adaptativo y consecuente con nuestros objetivos y valores. Está presente en nuestro día a día, dándonos la posibilidad de empezar a mejorar de inmediato, de una forma que prácticamente no requiere grandes «esfuerzos o recursos», ¿a qué esperar?.

Versión para descargar en .pdf El poder de las palabras

Un cordial saludo a todos,

Salvador Carrasco Artiaga

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